Aunque ya no se leen historias de esas de “érase una vez”, érase una vez unas tierras de color verde y aguas azules transparentes en días soleados, en las que descubrimos un hermoso caballo de pelaje gris, mirada profunda e infantil a la vez, que tenía solo para él un prado de hierbas infinitas.
No recuerdo cómo comenzó nuestra relación con el potro.
Sé que un día nos fuimos andando a los grandes prados donde está. Prados tan grandes como para sentirse libre, pero tan pequeños como para tener protecciones de electricidad para que no pueda salir de allí.
Debe ya haber sufrido algunos corrientazos porque a pesar de estar dándole algo para comer y que encanta a los caballos como las zanahorias, no se acercaba para que pudiéramos dársela.
El señor del huerto de al lado, que estaba con su mujer, vino para hablar con nosotros:
- No acepta comida de nadie. Viene un montón de gente a verlo pero jamás a recibido nada
Asumí que no había mucho que hacer.
Me he enamorado de este caballo. Su mirada inocente llena de moscas que lo torturan, me llega hasta mi parte infantil.
No sé cómo se me ocurrió decirle:
- Venga, vamos a correr.
Corrí cuesta abajo.
- Venga príncipe vamos, corre
No me lo creía. El potro me seguía corriendo alocadamente. Oveja estaba literalmente histérica y corría también.
Luego corría subiendo y también lo hacía el potro.
Entonces creo que ese día comenzó nuestra relación.
Sin embargo poco podía yo hacer por el caballo. No sé nada de esta especie. Me parecen impenetrables. Animales enormes más llenos de miedo. Sensibles a cualquier cosa por diminuta que sea que se salga de lo normal y sea nueva para ellos. No tengo paciencia para tanta sensibilidad y reacciones que pueden resultar hasta peligrosas.
Entonces, ya el caballo se había metido en el corazón del ser más noble como no hay otro. Mi marido, compañero y amigo.
Comenzamos a ir cada tarde.
Llevaba en su bolsillos zanahorias. E iba alimentando primero a los tres caballos más cerca de casa. Uno de ellos tiene su nariz enferma. Me pidió que le tomara fotos y eso hice. Le daba una zanahoria para compensar no poder llamar al veterinario para que lo curase.
Luego, ya adentrándonos en el camino había otro potro sin ningún encanto y le daba otra zanahoria.
Cuando después de subir la larga cuesta llegábamos a ese paraíso de verdor y desde donde podíamos ver completamente la ría ya vacía de agua a las 21:00. Allí, el primer día tuvimos que llamarle para que se acercara. Más el resto de días, casi que estaba allí esperando por nosotros.
El domador, se arriesgaba a que le diera la corriente, introduciendo el brazo lo más posible para darle la zanahoria. Más estaba renuente. No se acercaba.
Día tras día y usando sus técnicas de mostrarle la zanahoria y retirarse, volviendo a acercarse, consiguió que probara su manjar.
Luego, cortaba con los dientes trozos más pequeños y se los daba en su boca.
Y llegó un día en el que los puso en la palma de su mano y el potro los cogió.
Cada tarde nos preparábamos con gran alegría para ver a nuestro amigo.
¿ y no le pusisteis nombre?
Bien, se ve que aprendió de los españoles a usar el término “Toma” con una pronunciación intensa para llamar al caballo para que cogiera su zanahoria. Y así, le dimos el nombre de “Toma” al potro.
- Ya encontré al caballo. Lo venden por 1.600 euros
El que todo encuentra, le dio identidad a nuestro potro. Allí no solo venía su precio sino su raza y nombre.
Comprarle no es la mayor de las limitaciones. Mantener a dos caballos son palabras mayores y ya tenemos a uno en Madrid.
A pesar de eso, envío una foto al hombre que pone los zapatos a los caballos para ver su opinión. Nada le costaba soñar con llevarnos a Toma a Madrid.
Mañana es nuestro último día en estas tierras. Iremos en la tarde a despedirnos de Toma.
Me pregunto quién le irá a visitar a nuestro Toma casi todas las tardes. Se quedará allí como me quedaba yo cuando me vestía y mi tío Luis no iba a recogerme esa tarde para llevarme en Maracaibo a dar un paseo.
Y lo que más dolerá al domador es saber que en el próximo verano, Toma ya no estará allí en ese punto del paraíso. No sabremos jamás a donde se habrá ido.







