Doy las gracias a quienes estoicamente,
leyeron la entrada de "pequeño campo de concentración en la frontera
colombo - venezolana". Tuve 600 visitas a esa publicación.
Gracias por su indignación, sus
testimonios - quienes ya lo habían vivido - su solidaridad, sus deseos de que
no tuviera que vivir algo parecido a mi vuelta. Debo contarles, cómo fue el
regreso.
Seguramente, lo subjetivo de haber vivido
esa experiencia, unida a un momento de gran dolor, hace que mi
"juicio" acerca de mi vuelta, a través de eso, que sigue siendo un
pequeño campo de concentración fronterizo, sea más "benévola”.
Nada sin embargo, justifica, esa división,
que rompe lo histórico, lo natural, lo que se lleva en la sangre y en el alma. Nada
destruye, la nacionalidad que no existe como tal, pero en la práctica es llamada "Veneco"
( venezolano - colombiano).
Iba tan cobijada, en esa cómoda 4 x 4 de
mi pequeño tío, comprada solo para evitar que el dinero pierda valor (las
reglas de la teoría de la economía no se cumplen en Venezuela).
Fue una luna de miel, el viaje de San
Cristóbal a la Ciudad Fronteriza de San Antonio.
Mi tío, otro de mis tíos - padre, se paró
con un amor de otro mundo, a comprarme una botella de agua para tomarme mi
medicina para el dolor. Se estaba haciendo sentir ya muy fuerte. No vi a San
Antonio tan desierta como la otra vez, a pesar de ser sábado en la tarde.
Paramos para sellar la salida de Venezuela,
en esa oficina que era un caos. Ayer, solo yo, estaba sellando la salida de
Venezuela. La NO cola, es algo que te hace sentir extraño en Venezuela.
El funcionario me gruñó:
- Usted es venezolana y debe entrar a
Venezuela con pasaporte Venezolano
- Viajé por muerte repentina de mi tío y
no tenía el pasaporte venezolano a mano
- respondí -
Se apiadó con cara seria y me dejó pasar.
Lo cierto, es que no tengo el
pasaporte venezolano, un poco por dejadez y otro poco, por lo complicado que es
sacarlo. No quería sin embargo entrar en discusiones, por cierto, esto debe ser
una de las tantas nuevas normas, porque siempre he entrado con el pasaporte
español y salido, sin problema alguno.
Subí nuevamente a la camioneta y ya mi
hermana, experta en este pase de frontera, orientó a mi tío. Paramos lo más
cerca posible de donde comenzaría mi travesía.
Me mandaron a hacer una cola y mi tío,
hizo de maletero y quiso acompañarme por el lado de la cola, arrastrando una de
las maletas que va llena de regalitos de Navidad "hechos por manos venezolanas”.
Respetuosamente le dijeron, que no podía
acompañarme, nos dimos un fuerte abrazo, hicimos un selfi de ley y seguí sola.
Se quedaron mirándome de lejos. Los miré,
cuando pararon a la fila ya en tránsito.
Se trataba de un regaño de un superior
militar a quien nos guiaba:
-¿Usted pondría de primero a un inválido y
de último a un atleta?
- No señor
- Pues lo mismo aplique en la cola. No ve
que entonces no caminan a la misma velocidad
- Si Señor
Ya nos pusieron en orden.
Mi familia miraba y yo les hice una mueca
de "quien aguanta a esta gente”
Pasamos al ritmo, pero nadie nos maltrató.
De hecho, yo me quedé atrás mirando todo muy despacio y tomando alguna que otra
foto y nadie me dijo nada.
Me mandaron al camión moderno y por allí
pasé las maletas. Temí que el ron para José, venezolano en Madrid, corriera peligro,
pero todo salió bien, un joven caballero me ayudó a subir las maletas.
Caminé sola, con miedo a escuchar algún
pitido, pero nadie me dijo nada. Vi una plaza y gente que se acercaba a una mesa.
Allí fui a mi lado, discutían con un venezolano nacionalizado colombiano a
quien no dejaban pasar, aunque argumentó, que su sitio de trabajo estaba en
Colombia.
La discusión se acaloraba más, con el tono
de NO PASARA del policía, dando su última palabra.
Yo, entretenía la entrega de los documentos,
para escuchar el caso de mi compañero y al ver mi pasaporte español, casi me
empujaron como una bala para me que pasase la frontera.
Sentí la desesperación de ese ser humano y
nada podía hacer. ¿Cómo puede matarse un espacio que fue creado para
vivir eternamente?
Seguí sola, no lo creía hace 15 días
estaba en una fila con un policía que comandaba. Caminé libre, hice fotos a las
montañas que dejé y
las que me dirigía, a los carteles publicitarios de Chávez
y Maduro.
Ya vi al taxista Luis, que amable y
cariñosamente me cuidó, esperándome, dejé con él las maletas y fui a sellar la
entrada a Colombia; solo había caminado metros de distancia y todo era diferente.
El trato de los militares, amoroso y considerado.
La alcabala móvil, moderna y cómoda.
Fui a cambiar dinero, con Luis, el taxista
que era una representación de la amabilidad de estas tierras colombianas.
Me llevó al hotel. Me sentía segura ya
estaba en Colombia.
En el hotel, todos prestaban un servicio,
mejor que los de los hoteles de 5 estrellas Europeos. Tenían la mezcla
perfecta de la amabilidad y el cariño y acento tropical. Decidí salir a caminar
por la calle donde estaba el hotel. Parecía la calle de las novias.

Los maniquíes de las tiendas de Colombia,
siempre me llamaron mucho la atención, me parecían, poco naturales. Seguían
siendo así, recordé lo que sentía de niña. Tomé fotos a esas figuras, que
vestían ropas que no imaginaba en personas de verdad.
Caminé en dirección contraria y vi una
plaza que me resultó familiar. Pregunté si era la Plaza Bolívar y me dijeron
que era la Plaza Santander, caminé a través de ella y encontré a los San Andresitos
(las tiendas en las que se compraban los perfumes
importados).
Todos los viajes a Cúcuta de niña vinieron
en instantes a mi mente.
Las personas en la plaza seguían vendiendo
barquillas, pero lo que no había cambiado, absolutamente nada, era la persona
trabajadora de la tienda, acercándose a todo el que pasaba por la calle y
tratando de persuadirlo con afecto para "servirle" y por su puesto
venderle.Eso me impresionó.
Veía una Colombia limpia,
reluciente, moderna, organizada ( en medio de la música estridente de los
vendedores de CD ambulantes ), rica, en comparación con mi "pobre"
Venezuela que acababa de dejar.
Pero en esa Colombia, las personas, se
comportaban de la misma manera que hace 20 años.
En 20 años, el venezolano se transformó
en lo que le ha hecho, merecedor del gobierno que tiene y el colombiano siguió
siendo humilde, servicial y trabajador y transformó su nación en lo que es hoy.
Sin embargo, eso no lo convirtió en
"cómodo" o altivo.
Sigue siendo, el mismo colombiano
preparado y deseoso de servir. Nunca dice que no hay o no se puede, siempre
busca una alternativa para satisfacer al cliente.
Lo que sentí en esas calles, se ha
repetido cada vez que en este día y medio, he pedido algo a cualquier colombiano.
Me he sentido cuidada, atendida, respetada, halagada. Se me ha preparado hasta
una bebida gratis para la garganta en un bar solo de copas, usando la hierba
buena y limón (por cierto fue la idea del barman y no mía, cuando pregunté si
tenía un caramelo de menta).
Colombia, si pudieras adoptarnos. Si pudieras
educarnos!!!
La generación que conocía la Venezuela que
fuimos, es ya mayor . Nuestros jóvenes , tendrían que cursar nuevamente la
escuela en ti, el país más parecido a nosotros.
Así fue mi vuelta,
No faltó el detalle del "poder”. Los
perros, identificaron maletas a ser registradas y entre ellas como de
costumbre estaba la mía. También, la de un altísimo cargo militar, a quien
eximieron de mostrar la suya, al mostrar sus placas y medallas, además de
tratar con tono de desprecio a los que llamó sus subalternos. Pasa hasta en las
mejores casas. A pesar de lo injusto que es.
Mi sangre colombiana, me hace sentir feliz,
por quien es hoy.
Esa niña, que casi se arrodillaba ante el
orgullo de Venezuela y servía sin parar, sin complejos y con amor. Esa niña es
ahora una mujer hermosa, de formas contundentes, con cada una de sus partes,
en pleno estado de desarrollo y vida. Una mujer alegre, amorosa, dulce,
trabajadora y a pesar de ser esa dama con apariencia de Reina, sigue allí, con
una gran sonrisa dispuesta a seguir sirviendo.
Gracias Colombia nuevamente y con el toque
de lo que es Colombia , pero una nueva Colombia rica, comparada con mi
pobre Venezuela , donde "no hay ".