Pablo. Hoy nos enteramos que has partido. Seguro que allí estás mejor que aquí.
Con los años cada vez nos pesa más el cuerpo y sus males. Bien sabes de eso, tú que por años has tenido que vivir con el dolor permanente del peso de tu espalda. Los que hemos aprendido a vivir con el dolor, imaginamos tu valentía para seguir viviendo.
Tu sensillez, sonrisa noble, el darlo todo, nos hizo a Lee y a mí que te convirtieras en un ser especial para nosotros.
Lee conoció el llano venezolano contigo. Y también cada panadería en la ruta. Recuerdo como ayer, las veces que fue a la finca contigo.
Se preparaba como niño escolar para el primer día de clase y salía emocionado a tu encuentro.
Tu le diste y le enseñaste todo.
Hace un par de días cuando no recuerdo quien habló de “el llano venezolano” el expresó con su mirada conocerlo. Poco o mucho, lo que aprendió del llano fue porque tú se lo enseñaste.
Recordabas su cumpleaños el 8 de enero y lo felicitabas. Tu bondad no tenía límites ni distancias.
Supimos que dejaste de ir a la finca y nos preguntamos cómo sería esa nueva vida.
Tu le mostrabas a Lee al ganado. Pero él iba en búsqueda de los pájaros. Aún recuerdo su historia de salir silencioso en búsqueda de los pájaros y encontrar muy pocos, porque las personas que trabajaban contigo quisieron por ser bondadosos, hacerle compañía. El ruido de tantas personas (por amor) espantó a los pájaros.
Pablo sin duda estás con dios. Para ti no existe el purgatorio. Tu alma y piel estaban hechas de bondad y sensillez.
Nosotros podemos seguir imaginándote en nuestros recuerdos. Para Belquis y tus hijos tu partida es desgarrante.
Este mundo necesita de “Pablos Auvert”: puros, amorosos, nobles…
Eres un ángel que ha vuelto a casa.
Pronto, si Dios nos deja entrar en su zona de ángeles especiales, podremos vernos. Todos iremos alcanzándote poco a poco.
Nos queda tu ejemplo de ser de luz y amor.